viernes, 1 de diciembre de 2017

Ayer volví a hacer el camino por el que volvia del colegio durante todo el año pasado. El lugar era el mismo, el camino era el mismo. Pero yo no me sentia igual. Pensé que no me sentiria diferente al hacer ese camino que hice casi todas las tardes por un buen tiempo, pero aparentemente, el no llevar el uniforme si cambia.
Cuando ea mas chica volvía por otros caminos, mas centricos, más seguros, más conocidos. A medida que fui creciendo aprendí que me resultaba mas segura la adrenalina de caminar por una calle interna. Que la tranquilidad que me da la sombra de los arboles y no cruzarme con los colegios llenos de gente que sale, no la cambiaba por nada.
Por esa calle fui con mucha gente, tranquila, apurada. Y a medida que iba pasando por los lugares conocidos, me recordaba que no iba a pasar por ahí, no de la misma forma, no con el mismo uniforme, no de nuevo.
Los lugares permanecerían iguales, el colegio de ingenieros, los tantos quioscos en los que nunca compré nada, salvo cuando iba con alguien más, el portón marrón en el que tantas veces vi gente durmiendo, con la incripción "Soy lesbiana, Soy bisexual, Soy como tú, Soy humano", que tantas veces me dió esperanza, las escuelas llenas de niños en guardapolvo, la camioneta con patente de Colorado, la niña que andaba en bicicleta con sus amigas por la cuadra y el quiosquero que me regaló un bonobon en el último día de colegio.


Si vuelvo a caminar por esas calles, no será lo mismo. Pero estoy feliz de que así sea.

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